Un Hombre Gruñón: una tierna tragicomedia sobre la amargura de la vida

En innumerables ocasiones nos hemos topado con la típica historia del viejo cascarrabias que prácticamente odia a todo el mundo y se ha aislado en su pequeño refugio casero. Por supuesto, después de relacionarse con los más improbables personajes, su actitud hacia la vida cambia abriéndose a los demás y encontrando finalmente la paz interior. Un Hombre Gruñón sigue esencialmente esta premisa añadiendo un toque ácido y un tanto oscuro al relato de un hombre que ha enfrentado la desdicha durante toda su vida, y que en sus últimos años encuentra una oportunidad de volver a ser feliz.

Ove (Rolf Lassgard) es un solitario y estricto viudo sexagenario que suele hacerle la vida imposible a sus vecinos al señalar todas sus faltas y hacer que cumplan con sus deberes comunales en todo momento. Después de que Ove es forzado a dejar su trabajo debido a su edad, este contempla el suicidio al no tener ningún otro propósito. Al no poder cumplir con su lúgubre cometido por distintas y aleatorias razones, Ove comienza a relacionarse con sus nuevos vecinos, una joven pareja multirracial, sobre todo con la esposa, Parvaneh (Bahar Pars), una amigable inmigrante iraní que espera a su tercer a hijo. Ambos crean una inesperada amistad que le devuelve cierta esperanza a Ove mientras recuerda los instantes más trágicos y felices de su vida.



Nominada a la Mejor Película Extranjera en la pasada entrega de los Premios Óscar y basada en la popular novela del mismo nombre de Fredrik Backman, Un Hombre Gruñón ha resultado uno de los más grandes éxitos de taquilla en su país natal. Hannes Holm, el director, ha concebido una película que, si bien no se mantiene alejada de los convencionalismos, sí que logra su cometido gracias a una la gran actuación de su protagonista y una trama que llega a ser tan trágica como cómica. Holm ciertamente apela al truco de crear un personaje con varias actitudes despreciables que, con el paso de tiempo, se diluyen ante una redención como individuo producto de la interacción con personas que le han llegado al corazón. Esto lo hemos visto hasta al cansancio, pero el mayor acierto de esta cinta es la forma tan orgánica en que el drama y la comedia se desenvuelven.


Lassgard hace un muy buen papel como Ove. Con una imponente voz, una puntual caracterización y los peores de los tratos, no pasa mucho tiempo para que sintamos cierto desdén hacia su persona. Sin embargo, conforme avanza la historia podemos entender su forma de ser. Las constantes visitas al cementerio, su aislamiento y el disgusto general que le provoca gran parte de la nueva sociedad nos hablan de un tipo que está cansado y decepcionado de sus tiempos y que lo único que desea es partir para encontrarse una vez más con su amada. Ove es también alguien que no encaja en una época tan progresista y peculiar. El hecho de rodearse de inmigrantes, homosexuales y la influencia global incentivan su deseo de partir. De cualquier manera, sus prejuicios son derribados cuando poco a poco empieza a conocer y abrirse a los demás.

A través de una serie de largos flashbacks, Un Hombre Gruñón nos deja dar un vistazo a la juventud de Ove, la cual estuvo marcada con la tragedia desde un principio, lo que indudablemente ha forjado su carácter y lo ha hecho sentir un profundo resentimiento hacia los demás. Estos recuerdos, los cuales son insertados en cada uno de los intentos del hombre de quitarse la vida, también nos dejan ver cómo fue la relación con su padre, un mecánico muy entusiasta, y con la difunta Sonja (Ida Engvoli), una optimista y bella maestra que conoció de manera fortuita, pero con la que disfrutó los mejores momentos de su existencia. La tierna historia de amor que los une y las altas y bajas de su relación son otro motivo más del mal carácter de Ove en la actualidad, pues la forma en que tuvo que luchar para que su esposa tuviera las mismas oportunidades que cualquier otra persona le hacen detestar a las instituciones, misma que parecen estar detrás de él desde sus días como un habilidoso joven.


Este aspecto nos remite a otra reciente película europea en la que los personajes son sometidos a un inclemente sistema burocrático. Yo, Daniel Blake, aunque de una manufactura superior y una crudeza mayor, igualmente nos presenta a un hombre viudo y solitario en busca de un nuevo propósito al verse incapacitado para trabajar. A diferencia de Ove, Daniel es un bondadoso ciudadano que hará lo que sea para ayudar al prójimo, la otra cara de la moneda. Pero al final, ambos, abandonados por el amparo del gobierno y cualquier otra institución, encuentran la paz en el tierno brazo del necesitado. 

Un Hombre Gruñón es una comedia con tintes dramáticos que puede hacernos reír con las peripecias que rodean al protagonista y sus vecinos, pero también conmovernos con las tragedias que ha vivido y la gran pasión con la que amaba a su esposa, por la que prácticamente estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Quizá el defecto más notable de la cinta, además de lo predecible de la trama, es su larga duración. Dos horas parecen demasiado tiempo para contar una historia sin ningún tipo de complejidad. Inevitable dejarse arrastrar por una sensación de pesadez. 


Sea como sea, Un Hombre Gruñón es un lindo ejemplo de cómo el cine comercial puede ser efectivo y en Escandinavia saben hacerlo a la perfección. El gran éxito de esta obra radica en la forma en que han abordado la temática, una que pueda ser asimilida por cualquier persona en el mundo. Ove es un tipo que ha rehusado a adaptarse al nuevo orden global y que prefiere vivir apartado en la soledad. Como espectador, uno no tardará en juzgarlo por sus obtusas ideas referentes a diversos temas, pero es imposible negar sentir simpatía por un hombre cuya catarsis nos indica una apertura hacia los nuevos conceptos y una eventual liberación.

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