El Abrazo de la Serpiente: un viaje de autodescubrimiento por el Amazonas

El saqueo, la apropiación y la imposición de una cultura tristemente han sido algunas de las cualidades que han definido a la colonización a través de la historia. Innumerables pueblos alrededor del mundo ha visto sus recursos agotarse, sus mujeres violadas y sus lenguas extinguirse ante el voraz apetito de la codicia de una potencia. Por supuesto que esta reseña no estaría siendo escrita si no hubiera sido por la llegada del hombre blanco al continente, o quién sabe, pero lo que es un hecho es que el choque de civilizaciones marcó nuestra tierra para siempre. El tema nunca ha sido desarrollado del todo en el mainstream de Hollywood ¿y por qué debería? Que el blanco recrimine al mismo blanco de sus actos suena como una ironía, pero algunas cintas como El Nuevo Mundo o El Renacido nos han dejado dar un vistazo a los estragos de la colonia, pero son obras independientes y provenientes del seno de la catástrofe como El Abrazo de la Serpiente las que verdaderamente nos hacen dimensionar lo anterior.

Es el principio de siglo. Un explorador alemán llamado Theodor Koch-Grunberg (Jan Bijvoet) se encuentra muy enfermo en la región amazónica de Colombia. Su acompañante, Manduca (Yauenkü Migue), lo lleva con un chamán local, Karamatake (Nilbio Torres), quien, a pesar de su renuencia de ayudar a los blancos, acepta asistirlo. Así, juntos se internan en la selva en busca de la mítica yakruna, una planta con propiedades únicas que podrían salvarlo. En su camino se encontrarán no solo con las tribus nativas, sino con la destrucción ambiental y cultural que han dejado los colonizadores. 

Años después, en 1940, Evan (Brionne Davis), un científico estadounidense, en su búsqueda por encontrar la elusiva yakruna en el Amazonas, se topa con un viejo Karamatake (Antonio Bolívar), quien accede una vez más a ir tras la planta sagrada. Juntos se toparán con el extremo más retorcido del sincretismo ideológico y con la verdadera esencia de su espíritu.

Nominada al Óscar como Mejor Película Extranjera en la pasada entrega, El Abrazo de la Serpiente nos interna en un viejo de autodescubrimiento con un enorme valor histórico, cinematográfico y social. Con esta obra, el joven director colombiano Ciro Guerra nos demuestra su gran talento tanto para narrar una historia como para dotar de una estética impresionante a su trabajo. Filmada en locación en los departamentos de Vaupés y Guainía, no cabe duda que el reto para moverse en tan difícil terreno debió de haber sido mayúsculo; sin embargo, Guerra logra capturar la belleza y majestuosidad del paisaje presentándonoslo en un solemne blanco y negro. En la trama seguimos la improbable colaboración entre europeo y americano nativo, saltamos en el tiempo en distintas ocasiones y conocemos a personajes con buenas y malas intenciones por igual. Pero lo que permanece en todo momento es la dualidad del color. De esta manera, el director unifica distintos conceptos, ideas, razas y culturas y los reduce solamente a una sola cosa: la naturaleza. 

Karamatake es el centro de toda la narrativa. Cuando lo conocemos, el hombre es uno sumamente familiarizado con su entorno y consciente del orden natural de las cosas, pero su fuerte resentimiento con de los blancos por la destrucción que han traído lo han convertido en alguien frío, intolerante y notablemente solitario. La travesía que emprende con el moribundo Theodor representa una oportunidad de aprender un poco más sobre aquel ente que ha venido de lejos para acabar con todo. A pesar del odio en su corazón, dejar a un potencial enemigo morir de esa manera no parece ser lo correcto. Quizá pueda encontrar un poco de alivio para su alma con esta acción. En el futuro, el viejo Karamatake ha olvidado lo que significa pertenecer a la jungla y a una cultura casi extinta. La llegada de otro nuevo explorador poco a poco le hace recordar la superficialidad producto de la corrupción del espíritu, pero también de su propósito como ser humano.


Los hombres blancos que acompañan a Karamatake en distintas etapas de su vida no podrían ser más distintos entre sí en cuanto a su visión de los nativos se refiere. Theodor es ecuánime y respetuoso del entorno, pero para él, las tribus no representan más que un rico objeto de estudio. Por otro lado, Evan, el científico estadounidense despliega una actitud enteramente cínica y poco comprensiva de lo que lo rodea. Ambos representan perspectivas muy distintas, pero que al final del día ninguna pone a su misma altura a los pueblos autóctonos. Karamatake los lleva hacia lo desconocido y a los albores de la razón, ese lugar en donde lo místico y lo natural dejan de lado a la ciencia y a lo efímero.

Uno de los momentos más interesantes de la cinta denota el ingenio de Guerra como guionista y su preocupación por lo peligroso que puede llegar a ser perversión del sincretismo. Theodor, Karamatake y Manduca llegan a una misión agustina en donde un fraile primero los amedrenta por invadir su espacio, pero posteriormente los acoge como sus invitados. A cargo de un numeroso grupo de niños huérfanos autóctonos, el fraile los acerca a la palabra de Dios a través de latigazos, torturas y un lavado de cerebro. Indignado, Manduca asesina al fraile y supuestamente pone a todos los pequeños en libertad. Sin más remedio, Theodor y sus acompañantes siguen con su camino. Décadas después, Karamatake y Evan llegan al mismo sitio en el que ahora los niños han crecido y se han convertido en un especie de culto profano con características de sus creencias religiosas y el catolicismo por igual. Su líder es un portugués blanco auto proclamado mesías que ejerce voluntad sobre el grupo. La mezcla de culturas ha provocado una confusión total entre la pequeña comunidad que ha sido aprovechada por el primer oportunista. ¿Cuántas veces no hemos visto eso ocurrir en nuestro panorama actual? La ingenuidad y las brutales enseñanzas que quedaron a medias los han dejado vulnerables ante cualquier otra ideología que se les quiera imponer.


Hay un concepto que Karamatake expone a los exploradores que básicamente engloba el mensaje de esta obra. Cuando Theodor le enseña una fotografía que le tomó, este se asusta y le dice que se trata de su chullachaqui, un ser vacío que deambula por el tiempo sin propósito alguno. Pero la definición no se limita a la fotografía, también se extiende a su misma persona. Como el último de los suyos, Karamatake se encuentra en un dilema: ¿odiar al blanco y recluirse por siempre o salir y compartir su conocimiento? Sus experiencias con Theodor y Evan le han brindado la oportunidad de acercar a estos hombres con su lado más espiritual, uno al que no están habituados.

Con El Abrazo de la Serpiente, Ciro Guerra hace una declaración anti-colonialista por medio de una visión artística que enmarca la soledad y espiritualidad de un hombre consternado por la violencia y la invasión. Karamatake es un persone tan sabio como confundido. Con su obra, el colombiano enaltece a aquellos pueblos cuya canción nunca más será escuchada y nos advierte de los peligros de la imposición ideológica. Una excelente película latinoamericana que pone en todo lo alto la cinematografía de la región.

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