La Gran Apuesta: o cómo el sistema termina siempre por jodernos

En un país como México es fácil darse cuenta del permanente estado de crisis económica en el que vivimos. No hace falta que los medios ni el gobierno (cosa que estos últimos nunca harán por obvias razones) lo anuncien de manera oficial para saber que la disminución del poder adquisitivo de la clase media, la proliferación de la pobreza extrema y el endeudamiento público se hacen cada vez más fuertes. Pero ¿qué pasa cuando un país del primer mundo se encuentra en una encrucijada como esta? ¿Cómo se gesta una catástrofe de esta magnitud en la potencia más grande sobre la Tierra? La Gran Apuesta ofrece una mirada sin compromiso hacia la parte más voraz del capitalismo; pero al mismo tiempo, su más endeble y fraudulenta. Con gran estilo, muy buenas actuaciones y una improbable forma de encontrar entretenimiento en una algo tan deplorable y complejo como la estafa a millones de personas comunes y corrientes, esta cinta nos cachetea, nos despabila y nos recuerda que estamos destinados a la perdición.

Años antes del comienzo de la crisis financiera del 2007, Michael Burry (Christian Bale), el poco convencional jefe de un fondo de ahorro, descubre que el mercado inmobiliario de Estados Unidos está cimentado en un terreno inestable debido a la naturaleza riesgosa de los préstamos. Al predecir un colapso del mercado en el 2007, Burry decide invertir en contra del mismo. Varios bancos, riéndose de su propuesta, aceptan y reciben su dinero. Sus movimientos comienza a ser notados por algunos perspicaces tipos del mundo financiero, entre ellos Jared Vennet (Ryan Gosling), un inescrupuloso ejecutivo de banco que logra convencer a otro fondo de inversión, liderado por el anti-sistema Mark Baum (Steve Carell), para que hagan lo mismo que Burry y pueda llevarse una enorme comisión. Cuando la desestabilización económica comienza a sentirse, cada uno de los involucrados se percata no solo de que esto es más grande de lo que imaginaban, sino que ha sido la corrupción de las corporaciones el causante de todo ello.


La Gran Apuesta no es una película convencional. No estamos ante un drama financiero como Wall Street o una comedia estilo El Lobo de Wall Street, sino más bien un experimento visual y narrativo que funciona perfectamente con el tema a desarrollar. Aunque las cintas previamente mencionadas también destacan el lado oscuro del capitalismo, la dirigida por Adam McKay (Anchorman, Step Brothers) provee de un interesante giro a esta temática. A pesar de estar basada en hechos reales, McKay se abstiene de unirse a la tendencia inspiracional y pretenciosa que consume a Hollywood hoy en día. Su trabajo no ofrece respuestas ni soluciones a la corrupción que expone, el hombre simplemente nos enseña la causa del problema y ahonda en lo sucio y retorcido de la economía estadounidense. Aquí no hay una panorama esperanzador, solo caos y malos augurios.

El director y guionista nos presenta a cuatro personajes muy diferentes entre sí involucrados en la misma situación y con una gran variedad de dilemas de por medio. Burry es un genio matemático que sufre de autismo, pero que nunca encuentra dificultad para decir las cosas de manera directa. Vennet es un despreciable hijo de puta que hará lo que sea para hacerse rico, sin importar lo que esté juego. Baum es un hombre que, aunque ha perdido la fe en los demás y en sí mismo,  trata de recuperar la confianza y dignidad jugando limpio. Finalmente está Ben Rickett (Brad Pitt), un ex banquero que también ha decidido salirse del negocio y hacer una vida alejada del bullicio. Sus personalidades no podrían ser más distintas, pero cada uno de ellos ha visto lo que los demás no han podido o querido ver. Su astucia será fundamental para lograr beneficiarse de la torpeza del sistema, pero será su moral la que será puesta a prueba en este asunto en la que miles perderán su trabajo, sus casas y hasta la vida.


McCkay ha logrado sacar de sus protagonistas actuaciones verdaderamente notables. Aunque todo el elenco convence en sus respectivos papeles, son Bale y Carell los que sobresalen del resto. Por un lado, Bale encarna a un tipo raro y sencillo que únicamente hace su trabajo y cuya visión parece estar basada en mera lógica. Pero Burry es alguien adelantado a su tiempo. La incomprensión que lo rodea no parece molestarlo; su refugio se encuentra en la batería y el metal. El gran problema tiene que ver con sus habilidades sociales, las cuales están sumamente limitadas y que al final del día serán determinantes para el cumplimiento o no de su objetivo. Aunque es alguien apacible, Burry se lamenta no poder hacer entenderle a los demás que están a las puertas de la gloria. Como un individuo casi mesiánico, Burry se va por la puerta de atrás a pesar de haber tenido razón todo el tiempo.

Por el otro tenemos a Baum, interpretado por un Carell que en esta ocasión nos regala un personaje perfectamente balanceado sin virar hacia ninguno de los extremos que le hemos visto en los últimos años. Baum es agresivo no porque él realmente quiera, sino porque sus experiencias así lo han formado. Habiendo estado dentro del sistema, este se dio cuenta de cómo se manejan las cosas. Asqueado y decepcionado, Baum encuentra con una gran oportunidad de sabotear la malvada estructura económica de su país, pero un gran cuestionamiento moral se librará en su cabeza: ¿ganar millones mientras los demás lo pierden todo? Es precisamente a través de su conflicto que se genera una empatía con el espectador. No se puede negar que hay cierto cinismo en el actuar de cada uno de los involucrados, pero ¿qué haría uno ante esta situación?


A veces es difícil poder seguir con detalle cada una de las acciones y decisiones que toman cada uno de los personajes si no se está familiriazado con escabrosos y complicados temas de econmía, pero obviamente esto queda en un segundo término para McKay y su equipo. Aunque la explicación financiera es esencial para poder entender todo el espectro, son las personalidades de sus actores, la trama genialmente construida y varios recursos narrativos lo que termina por cautivarnos. Uno de los dispositivos que potencializa la historia en sobremanera es el rompimiento de la cuarta pared. La desfachatada actitud de Vennet no solo nos acompaña como un formidable y picaresco narrador, sino que también nos advierte de la dramatización de los hechos y varias libertades que se tomaron para dotar de todavía más interés al relato. Los cameos de Selena Gomez y Margot Robbie, en donde cada una de ellas nos dan una breve y atrevida clase de economía, fueron igualmente una muy buena idea.

Por último, otro de los recursos que funciona muy bien con lo que Mckay tenía en mente es el uso de la cámara subjetiva, una que luce muy errática en ocasiones, pero que nos da la sensación de estar viendo un documental y que ciertamente ayuda a recordarnos que todo de lo que estamos siendo testigos ocurrió en realidad. El propósito no es conmovernos o hacernos reflexionar, sino hacernos enojar y odiar todavía más a las instituciones que tanto le hacen daño a la humanidad.


La Gran Apuesta es un osado experimento que ha demostrado que McKay no solo funciona en el mundo de la comedia simplona. Su capacidad para dirigir importantes actores ha quedado ya probada y con un guión tan fino como este ha dado fe de su pasión por querer contar una historia tan valiosa. Intrépida, efectiva y brutalmente directa, la película es una patada en los testículos para aquellos quienes siguen maltratando y estafando al pueblo. Una crítica al sistema. Tal y como cierta cinta sobre la pederastia dentro de la Iglesia Católica ha hecho en su ámbito en estos días. Pero de eso hablaremos en la siguiente entrada.

Comentarios